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martes, 24 de febrero de 2015

Relatos de una vida rutinaria (1)

De fisioterapeutas, osteópatas y panzas...

Paseo hace años un embarazo prolongado en tiempo y espacio, lo que me da cierta elegancia osezna en los andares, prestancia y, a veces, dolor de espalda... Fui al médico traumatólogo, eso ponía el cartel, y me vio entrar como si hubiera perdido las llaves o haciendo un vasallaje propio de ministro franquista... Y el galeno, hombre de gran perspicacia y viéndome doblado y con la nariz casi rozando el suelo, me pregunta antes de invitarme a sentarme: ¿ qué le pasa ? Iba a decirle: está claro, vengo a que me inspeccionen la próstata (soy irlandés no puedo evitar un buen chiste) pero por educación y respeto a las batas blancas le dije: “me duele tanto la espalda que me he quedado enganchado...” Respondióme el individuo: ¿ Y con esa panza que espera... ? ¡¡¡ Que pase el siguiente !!!

Tras la breve y amable visita,  al día siguiente iba yo por el rastro buscando libros, como siempre, rutinario que es uno... y con un dolor de espalda tal que más parecía que había perdido un euro que no que fuera de caza de vetustos ejemplares impresos. Una señorita, bastante mona, me espeta. “perdona yo doy masajes...” Antes de obsequiarle con el estilo irlandés que ya he dicho me caracteriza de reírme de todo un: “pa follar estoy yo ahora”, va ella rápida y veloz, y me da su tarjeta... Efectívamente era masajista. Yo siempre le he dado mucha importancia a las tarjetas, por eso, quizás, nunca me he hecho una... Menos mal que por una vez mis pensamientos fueron más lentos que mi lengua... Quedamos para esa misma tarde. Hecho un cuatro (sin el seis ni el retrato), me desplazo a su domicilio...

En una habitación que parecía un “puticlús”oriental entre tanto incienso, música india y decoración de trapitos budistas colgando, me tumbé y empezó... Empezó la tortura... Empezó a masajearme y a hacerme llaves de judo por lo que recuerdo de tan aburrido deporte que practiqué en mi juventud...

Tras una hora larga( y yo de natural ingenuo esperando que al menos hubiera “final feliz”), pero muuuuyyyyyy larga  casi tanto como las cenas con una de mis ex suegras, en total  silencio como mandaban sus cánones, y cuando ya le iba a preguntar a la “masajista titulada” si lo suyo para conmigo era algo personal o profesional y sin rencores, me dice: “Eduardo lo siento, pero no puedo contigo”. La frase no me es desconocida del todo, ni es la primera vez que la escucho, todo sea dicho... Pero en este caso y contexto aclaró: “No puedo, necesitas un profesional musculado y grande, me estoy jodiendo la espalda yo...” A todo esto, con tanto masajeo, servidor había empalmado, o, seamos finos, “ereccionado”, participio que ignoro si existe, mi enorme verga (permítaseme la licencia literaria) La erección se me pasó “ipso fascio” nada más imaginarme una especie de masajista turco mostachudo, sudoroso y oliendo a Kebab, haciéndome un ocho y metiéndome mano...

Así pues le di las gracias por el consejo, y ella me dejó un rato solito en el potro de tortura... Pagué, me despedí, antes me había vestido (por seguir la línea cronológica) y me encontraba francamente bien, todo sea dicho... Llegué al coche hecho un chaval, no por mi vestimenta que siempre ha sido de jubilado, cogÍ mi “fragoneta gris metalizado” y no habían pasado 5 kilómetros cuando el dolor se triplicó...

Acabé en mi farmacia de confianza, es de confianza porque me dan los condones sin pedirme explicaciones ni sonrisillas cómplices, les conté lo pasado y me endilgaron Voltarén... Lo mismo que una vez que galopé con una de mis ex en la playa (¡ a caballo mal pensados ! ) y el equino se vengó de tenerme como jinete...

En resumen, me quede sin "final peliz" y sin perdiz, médico y masajista perdieron un "impaciente", la farmacia ganó un incondicional y "Voltaren" un adicto...
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