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sábado, 11 de octubre de 2014

El fascismo intransigente

Pavolini
ALESSANDRO PAVOLINI:
EL FASCISMO INTRANSIGENTE 

“El Fascismo es revolución y no Vandea, pueblo y no
casta, trabajo y no dinero” [Berto Ricci]
“¡Atrás no se vuelve ha dicho el Duce! ¿Y adelante
cuando se va?” [Mino Macean]
“Lo importante es morir bien. Morir bien y con honor.
Morir por el Duce” [Alessandro Pavolini]

Bajo el título L’ultimo Poeta Armato [1] se ha publicado re­cientemente en Italia un interesante estu­dio sobre Alessandro Pavolini, Ministro-Secretario del Partido Fascista Republica­no (PFR) durante la breve y tormentosa etapa de gobierno de la República Social Italiana (RSI) también conocida como “república de Saló”.
No tendría nada de sorprendente este hecho si no fuera por la circunstancia extraordinaria de que se trata del primer tra­bajo serio acerca de la vida y de la obra del personaje tal vez más influyente y atrayente de la RSI (se le ha llegado a calificar como el “Saint-Just de Saló” o, incluso, “Lin-Piao con camisa negra”) salido de un autor y de una casa editorial que pueden ser adscritos sin dificultad al complejo mundo político-cultural denominado “neo­fascismo”.
¿Cómo es posible que a casi sesenta años de su trágica desaparición ningún estudioso cualificado de esta área político-cultural haya sentido la necesidad, no ya de reivindicar ideológica y humanamente la figura de Pavolini, sino, ni siquiera, de plasmar por escrito lo esencial de su pen­samiento y la naturaleza de su obra?
Hasta el momento, sobre Pavolini, aparte de condenas unánimes desde el antifascismo y silencios cómplices desde el neofascismo, existía sólo una biografía donde se narraba de forma algo noveles­ca los episodios fundamentales de la vida y muerte del jerarca fascista, cuyo título era ya de por sí bastante explícito: Pavoli­ni: El Superfascista.
Publicada por primera vez en 1982, escrita desde una abierta hostilidad políti­ca, no carecía sin embargo de expresio­nes de admiración sincera por la persona­lidad del único dirigente de Saló apresado con las armas en la mano y haciendo uso de ellas antes de ser herido, capturado y finalmente fusilado junto a otros ministros y dirigentes fascistas especialmente com­prometidos con la línea intransigente y re­volucionaria que el secretario del PFR en­carnaba.
“SALÓ NEGRA” VERSUS  “SALÓ TRICOLOR”
En su muy documentado estudio, Massimiliano Soldani no entra en las razo­nes que han llevado al olvido, a la nega­ción, a la erradicación incluso, de la figura humana y política de Alessandro Pavolini dentro del ambiente político neofascista, pero aporta significativos elementos de jui­cio para ratificar una tesis poco conocida pero que no carece de interés, y que ex­plicaría tomas de decisión y opciones polí­ticas tanto durante como después de la experiencia histórica de la RSI.
Según esta tesis, habrían existido, a efectos interpretativos, dos “Saló”. Por un lado, la “Saló negra’ agrupada alrededor del Partido y del liderazgo de su Secretario, y por otro, la “Saló Tricolor” que afirmaba la preeminencia de la nación contrapuesta a la facción, es decir, al fascismo y que se re­conocía en las figuras de militares “apolíti­cos” y en las propias Fuerzas armadas co­mo garantía de la continuidad nacional.
Las figuras más representativas de es­ta última tendencia serían precisamente dos destacados exponentes de la casta militar italiana: el mariscal Rodolfo Graziani, comandante de las fuerzas militares de Saló y ministro de Defensa, y el príncipe Junio Valerio Borghese, comandante de la X Flotilla MAS, una de las más importan­tes unidades militares del Regio Ejército italiano hasta 1943 primero y de la RSI después del infame armisticio del 8 de se­tiembre del mismo año.
No por casualidad, tras la derrota de las fuerzas del Eje y la ulterior proclama­ción de la “república democrática” italiana, será este “Saló tricolor” el que encarne la presunta “continuidad ideal” con la Repú­blica Social Italiana, convirtiéndose así en fuente de dudosa legitimidad para las fuer­zas políticas que reivindicaban la herencia del último fascismo.
De hecho, Graziani y Borghese, se su­cederán en la presidencia tanto del Movi­miento Social Italiano (MSI) como de las asociaciones de excombatientes de Saló, pero ninguno de los dos, así como muchos otros militares y civiles que se identificaron con ellos, no se habían adherido a la RSI por razones políticas e ideológicas (nunca fueron fascistas, ni nunca se declararon como tales) sino por valoraciones de or­den personal y sentimental (meramente patrióticas), cuando no para cometer actos de sabotaje interno contra el esfuerzo de guerra de la Alemania nacionalsocialista y del fascismo italiano.
EL FASCISTA DE “FAMILIA-BIEN” 
Alessandro Pavolini nació en Floren­cia el 27 de septiembre de 1903 en el se­no de una familia de la alta burguesía toscana. Su padre, Paolo Emilio, académico de Italia, era uno de los más célebres filó­logos de su tiempo, experto en lenguas in­doeuropeas, políglota y hombre de inmen­sa cultura, entre otras cosas, una autori­dad mundialmente reconocida en sánscri­to.
En este ambiente familiar, elegante e ilustrado, crecerá el joven Alessandro, frecuentando desde la adolescencia los salo­nes y los círculos de la aristocracia floren­tina y de la intelectualidad burguesa más refinada. Nada hacía presagiar que el jo­ven de “familia-bien” habría de convertirse con el transcurso del tiempo en el más ra­dical e intransigente líder del fascismo re­volucionario, el más comprometido con sus tendencias sociales (en realidad, so­cialistas) y el más firme partidario de la lí­nea proletaria.
El fascismo florentino, tumultuoso e in­quieto, verá en setiembre de 1920 el in­greso en el partido del joven intelectual burgués, que participará de lleno en las lu­chas intestinas del fascio toscano. En Oc­tubre de 1922 se integra en las escuadras florentinas que han marchado sobre Roma. De regreso a su ciudad, continua as­cendiendo en el organigrama local del Partido Nacional Fascista (PNF), publica su primer libro (“Giro d’ltalia”, 1927) y se convierte, en 1929, en fedérale de la pro­vincia.
Como máxima autoridad política de Florencia acomete importantes empresas de carácter civil y, especialmente, cultural. En medio de una viva polémica estética hará construir la nueva y funcional esta­ción central de Florencia. También serán criaturas suyas el Circuito automovilístico de Mugello y el Estadio municipal de Cam­po de Marte. Aún hoy, a pesar del tiempo transcurrido, sobreviven en Florencia acontecimientos culturales pensados, di­señados y puestos en marcha por el futu­ro comandante de las Brigadas Negras: el Mayo musical, el encuentro anual de “cal­cio medieval”  y la muestra de artesanía en Ponte Vecchio.
El mismo año de su nombramiento co­mo fedérale, Pavolini funda un semanario titulado Il Bargello, órgano de la federación fascista florentina, que aparecerá hasta el año 1943 y que será, sin lugar a dudas, “el periódico fascista más interesante y más abierto” (Petacco). Por lo demás, el fascio toscano había dado muestras ya de una inquietud político-cultural y de una vivaci­dad ideológica que escapaba a los bu­rocráticos esquemas de la normalización e institucionalización del régimen de Mussolini y del PNF tras 1925. La Conquista dello Stato de Malaparte, Il Selvaggio de Maccari o L’Universale de Berto Ricci, son buena muestra del inconformismo de la publicística fascista local.
El Fascismo-régimen había trans­formado la revolución en administra­ción, marginando a los partidarios del fascismo-movimiento que vivirán des­de entonces en una especie de exilio in­terior hasta la proclamación de la RSI.
EL FASCISMO COMO REVOLUCIÓN DEL PUEBLO
“Nuestro semanario quiere ser un pe­riódico a la florentina, no una revista a la americana. Vino nuevo y, sobre todo, vino nuestro”, declarará en el primer editorial de Il Bargello su director, Alessandro Pa­volini.
La temática de la revista será común a muchas otras iniciativas desperdigadas por el continente europeo en aquellos años y participará de una cultura política común a buena parte de la intelectualidad inconformista de entreguerras, la cual pos­teriormente será calificada, un poco suma­riamente, como “fascismo de izquierdas”.
El Fascismo como Revolución del Pueblo o como fenómeno universal, como revolución radical continua o como vanguardia revolucionaria de masas encua­dradas totalitariamente en una batalla an­tiburguesa y antidemocrática que debería llevar a un mundo nuevo. Tal es la temáti­ca de fondo de la revista creada por el co­misario federal florentino.
Por ello, no duda en aglutinar las tres revoluciones en marcha en la Europa de la primera posguerra: “Masas revoluciona­rias disciplinadas y ardientes llenan las plazas y los estadios de Roma, de Moscú y de Berlín. Camisas negras, blusas sovié­ticas y camisas pardas. Fascios litorios, estrellas rojas, cruces gamadas. Y millo­nes de rostros y de gritos. Y tres almas co­lectivas.”
Nada distinto de lo que escribiría, al­gunos años después, Ramiro Ledesma Ramos en su Discurso a las Juventudes de España dentro de su digresión sobre el perfil subversivo de la nueva Europa revolucionaria. Y con ellos, otros tantos teóricos del pensamiento antidemocrático [1].
De la coherencia fascista y radical del pensamiento pavoliniano ya en aquella época da muestra el siguiente fragmento del libro de Soldani: “Contrariamente a cuanto se ha escrito, la maduración ide­ológica y personal de Pavolini no tiene na­da que ver con la de Galeazzo Ciano, así, será precisamente en 1938 (periodo exito­so para el Ministro del Interior) cuando co­menzará el distanciamiento intelectual en­tre los dos: una fractura insubsanable a causa sobre todo del diferente modo de entender el Fascismo. El primer signo de este desacuerdo (…) se manifestará du­rante la crisis española y la guerra civil (…). Durante su breve etapa española, de hecho, había quedado impresionado por la figura de García Lorca, por sus poesías y por su trágica muerte. [Pavolini] No ad­miraba a Franco, ni a la España fran­quista a la que se negaba a considerar un Estado Nuevo, es decir, revoluciona­rio según la acepción fascista (…)
En realidad, los motivos del apoyo del régimen de Mussolini al alzamiento militar de Franco no fueron nunca de orden ide­ológico, como tampoco lo fue la hostilidad contra la Segunda República española [2]. No era algo excepcional, Berto Ricci, uno de los principales intelectuales del fascis­mo radical durante los años treinta, se hacía eco de esta falta de compromiso del fascismo con las tendencias reaccionarias del momento: “Las famosas persecucio­nes de Méjico, de España, de Rusia, etc. nos conmueven muy poco y de cualquier modo no creemos que sea el caso de ha­cer de ello una cuestión nacional’ [véase nota 1].
Solo una crítica histórica superficial ha podido equiparar el franquismo y los regí­menes autoritarios de entreguerras por un lado, con el fascismo y el nacionalsocialis­mo por el otro. Y no está de más recordar, en este sentido, que la España franquis­ta no reconoció nunca a la República Social Italiana.
En 1935, Pavolini, piloto de guerra, participa en la campaña de Etiopía. Con­tinúa publicando cuentos y narraciones di­versas. Colabora como corresponsal de internacional en la prensa oficial de la épo­ca. Viaja al norte y al centro de Europa, a Turquía y al Cercano Oriente, a Sudamérica. Escribe en aquellos años su más bella y conocida novela Scomparsa d’Angela. 
EL MINCULPOP
No por azar ha sido citado el conde Galeazzo Ciano anteriormente. Ciano, yerno del Duce, es la estrella ascendente del régimen fascista durante los años treinta. En 1934, Pavolini ha sido elegido diputado a la Cámara de los Fascios y de las Cor­poraciones, trabando amistad con el en­tonces Ministro de Prensa y Propaganda. Será esta amistad, basada en el común paisanaje y en la posesión de una refina­da cultura, la que impulsará al joven poeta y novelista florentino a ascender en el or­ganigrama político del régimen hasta al­canzar su nombramiento como Ministro de Cultura Popular {Minculpop) en 1939, un mes después del estallido de la Segunda Guerra Mundial [3]. Un cargo con bastan­te responsabilidad y cierto peso específico dentro del Estado.
Afirma Petacco: “El Minculpop que Alessandro Pavolini hereda de DinoAlfieri es a la sazón una máquina bien engrasa­da que permite al régimen controlar uno de los sectores más delicados de la na­ción. Dependen del Ministerio de Cultura Popular la prensa, la radio, el teatro, el ci­ne y el turismo. Y se trata de una depen­dencia total. El Minculpop establece la lí­nea que todos los periódicos deben seguir, elige los directores, señala los periodistas a los que contratar o cesar (…)”.
Pero, al fin y al cabo, se trata de un puesto burocrático y, para un poeta que ama la acción, no es un destino que colme sus ambiciones personales y estéticas.
Como Minculpop, asistirá a las poco gloriosas vicisitudes italianas en la guerra, constatará el lento declinar del régimen de la diarquía, entablará amistad con su homólogo alemán Joseph Goebbels – exponentes del “romanticismo de acero”, sus vidas correrán paralelas hasta el trágico fin de ambos, fieles hasta la muerte a sus respectivos jefes – y conocerá en la Mecadel cine italiano -Cinecittà- a la más famo­sa actriz fascista del momento, Doris Du­ranti, con la que vivirá un tórrido romance hasta poco antes de la muerte del Minis­tro.
El 6 de febrero de 1943 es cesado en su cargo y nombrado director de Il Messagero de Roma. Al frente de este diario le sorprende la caída de Mussolini y de su régimen el 25 de julio. Los acontecimien­tos se han precipitado y el rey, tras acep­tar la dimisión del Duce e internarlo por motivos de “seguridad”, nombra al maris­cal Badoglio como nuevo Jefe de Gobier­no.
Badoglio es un enemigo jurado de Pa­volini desde que éste denunciara ante el Duce las criticas vertidas por el mariscal en 1940, cuestionando la capacidad mili­tar de Mussolini en la conducción de la campaña griega.
El nuevo Jefe de Gobierno, elemento típico de la casta militar monárquica, no es de los que olvidan. Tras prometer -falsa­mente- a los alemanes proseguir la guerra a su lado, empieza a ajustar cuentas con todos los irreductibles del Fascismo. Etto­re Muti, as de la aviación italiana, Medalla de Oro y héroe de la revolución fascista, caerá muerto en oscuras circunstancias a manos de los carabineros enviados por Badoglio para prenderlo. Pavolini es el si­guiente de la “lista negra” de Badoglio, pe­ro el depuesto director del Messagero, en paradero desconocido desde el 25 de ju­lio, ya había ganado la embajada alemana en Roma a la espera de partir -vía aérea- hacia Alemania. Allí, será transferido por los alemanes a la Prusia oriental, no lejos de la Wolfschanze, el Cuartel General del Führer, compartiendo exilio con otras figu­ras del fascismo intransigente, Roberto Farinacci, Giovanni Preziosi, Renato Ricci y el propio hijo del Duce, Vittorio.
En Alemania conocerán la traición fi­nal de la infame monarquía piamontesa y del gobierno Badoglio cuando el 8 de se­tiembre éste firme unilateralmente el ar­misticio con los Aliados. “Un sucio asunto”, como lo definiera el propio general Eisen­hower. Esa misma noche, tras reunirse con el Führer en la “guarida del Lobo”, Pa­volini y Vittorio Mussolini emiten, desde un vagón de ferrocarril transformado en esta­ción de radiotransmisión cerca Kónisberg, el primer mensaje a la nación italiana anunciando la formación de un nuevo go­bierno fascista, el castigo de los traidores del 25 de julio y la prosecución de la gue­rra al lado del aliado alemán, que ya ha procedido por su cuenta a desarmar e in­ternar a las tropas italianas, ocupando el territorio no invadido aún por los angloa­mericanos. La guerra continúa.
PAVOLINI, SECRETARIO DEL PFR 
El 12 de setiembre Benito Mussolini es liberado y trasladado a Alemania tras una espectacular operación dirigida por el ge­neral de paracaidistas Kurt Student y eje­cutada brillantemente por un comando es­pecial SS mandado por el famoso Otto Skorzeny. Llega el día 14 a Rastemburg, donde es recibido por Hitler primero y por el “gobierno provisional” fascista después.
Al día siguiente dicta las primeras ór­denes, asumiendo la dirección del fascis­mo en Italia y nombrando a Alessandro Pavolini secretario provisional del Partido, que dos días después tomará el nombre de Partido Fascista Republicano. Predice el castigo de los traidores. Ordena la des­titución de todas las autoridades y cargos públicos nombrados por el gobierno capitulacionista de Badoglio, y libera a los ofi­ciales del Ejército de su juramento de leal­tad al rey felón, Vittorio Emmanuel que ha huido con su corte hacia el sur del país po­niéndose bajo la protección de las hordas invasoras angloamericanas.
Veinticuatro horas más tarde, el nuevo secretario del partido parte para Roma con la misión de reabrir la sede histórica del fascismo romano, el palazzo Wedekind. Desde ese día hasta el de su trágica muer­te, Pavolini vivirá sólo por y para el fascis­mo republicano.
Resume la ingente tarea de Pavolini el historiador Silvio Bertoldi, antifascista implacable, de esta manera: “De todos los je­fes de la República Social, Pavolini es el único decidido a ir hasta el final. Los otros son como ciertos curas: a veces creen y a veces no. Él cree y basta. Recorre la Toscana y las provincias padanas despertan­do dormidos entusiasmos, deteniendo a los que huyen, movilizando a los fieles”.
El 23 de setiembre queda constituido el nuevo gobierno republicano en el que el nuevo secretario tendrá rango ministerial con la prerrogativa añadida de que los de­cretos gubernamentales deberán ser aprobados por él antes de ser ejecutados. Esto supondrá un poder decisivo en ma­nos del Partido y de su secretario, al que el propio Mussolini definía como “leal, pobre y valeroso”. Pero, en el fondo, el Duce lo “… temía, también, por su ciego fanatismo, su rigor ideológico y su des­precio por los compromisos y las medias tintas. Es incluso probable que Mussolini sufriera un fastidioso complejo de culpabi­lidad ante un hombre que más que ningún otro, en aquel momento, encarnaba el fascismo más extremo y desesperado” (Petacco).
El nuevo Secretario nacional del PFR posee ya una idea clara de lo que debe ser el nuevo fascismo republicano: “Pavolini pretende crear un partido nuevo, restringi­do, una “orden de creyentes y combatien­tes” basado más en datos cualitativos an­tes que cuantitativos, y que no repitiera los errores del precedente partido de masas. Este nuevo organismo político debía ser “sobre todo un partido de trabajadores, un partido proletario animador de un nuevo ci­clo sin más rémoras plutocráticas (…)” e inspirador de reformas “más que sociales, propiamente socialistas”” (Rimbotti ).
EL CONGRESO DE VERONA. NACE LA RSI
El 14 de noviembre de 1943 el Partido Fascista Republicano celebrará en el Castelvecchio de Verona su primer y único Congreso. Es en realidad una tumultuosa y tensa Asamblea presidida por la necesi­dad de castigar a los traidores del 25 de ju­lio -que serán finalmente juzgados y eje­cutados en esta misma ciudad- y de sen­tar las bases de un fascismo libre de los compromisos del pasado.
La libertad de expresión de los delega­dos es absoluta. Preside la reunión el pro­pio Pavolini, que pretende que este Con­greso sea un paso previo para la convoca­toria de una Asamblea Nacional Constitu­yente (que, a causa de la guerra, nunca se llevará a cabo). Lleva consigo un docu­mento redactado por él mismo, con la co­laboración de Mussolini y del antiguo co­munista y consejero personal del Duce, Nicola Bombacci, que resume en 18 puntos la naturaleza del nuevo Estado social y re­publicano.
Es el célebre programa-manifiesto de Verona. Dividido en tres apartados (mate­ria constitucional e interna, Política exterior y materia social) alrededor de él se con­centrará la línea revolucionaria de la RSI (la Saló negra) encarnada por el PFR; y contra él y contra Pavolini se irá creando una atmósfera de oposición interna (la Saló tricolor) que intentará sabotear los esfuerzos del partido por llevar adelante, punto por punto, el programa.
Afirma Massimiliano Soldani: “Así, co­mo consecuencia del dinamismo y de la intransigencia moral de la secretaría políti­ca, algunos sectores del sistema republi­cano iniciaron una guerra subterránea contra el Partido, coagulando cualquier re­sistencia de naturaleza ideológico-metodológica en un único bloque, para tratar de frenar y redimensionar los intentos de re­forma pavolinianos”.
Los dos frentes de esta guerra sub­terránea estaban configurados del siguien­te modo, siempre según Soldani:
“(…) [El área] revolucionaria (repre­sentada por Pavolini, por el Ministerio de Cultura Popular[Mezzasoma], por Barracu y -tras el relevo de Buffarini- por el nuevo Ministerio del Interior de Zerbino) y la mo­derada (de la que formaban parte el alto mando del ENR -Ejército Nacional Repu­blicano-, el Ministerio de Economía Corporativa, el Ministerio de Agricultura, etc.). Paradójicamente, era precisamente dentro del máximo órgano ejecutivo donde se en­trecruzaban las alianzas necesarias para retardar, cuando no sabotear, la actividad política”.
La imagen idílica, utópica, que hoy se quiere dar de la RSI desde algunos me­dios, choca con la realidad histórica de un sistema, que habiendo nacido ciertamente en circunstancias desesperadas, seguía reflejando las contradicciones heredadas del Ventennio, aunque la correlación de fuerzas ahora fuera en teoría favorable al sector radical, al fascismo-movimiento.
Las fuerzas que operaban contra el programa de la “socialización”, por ejem­plo, eran bastante poderosas y no duda­ban en alternar artimañas dilatorias o con veladas amenazas. No sólo los industria­les -por obvias razones- estaban en con­tra del ritmo de la “socialización” exigido por Pavolini y el Partido. El propio Ministerio de Economía Corporativa no dudaba en echar arena a los cojinetes, sin olvidar tampoco la presencia en Italia del todopo­deroso Rüstung und Kriegsproduktion (RuK), organismo dirigido por el general Leyers, cuya única obsesión era mantener e incrementar el volumen de la producción industrial de guerra de las empresas italia­nas en nombre de la movilización total de recursos económicos para hacer frente a los gastos requeridos por la maquinaria militar del Reich. Y eso por no hablar de la cúpula militar de Saló, siempre dispuesta a sabotear los esfuerzos políticos y sociales del partido [4]. Derribar a Pavolini era el paso previo para desactivar la experiencia revolucionaria de la RSI.
Dice, a este respecto, Soldani: “Este secretario del Partido, en fin, producía miedo. Miedo al ejército, a la burocracia del Ministerio de Asuntos Exteriores, al de las Corporaciones y aun conjunto de po­deres alternativamente complementarios y antagonistas”.
La conjuración de este heterogéneo conjunto de fuerzas consiguió finalmente un pírrico triunfo cuando el “ala disidente” del PFR, comandada por Balisti y Borsani, obtuvo el relevo en la secretaría del Parti­do de Pavolini en enero de 1944. Pero fue un espejismo. Mussolini recapacitó y vol­vió a confirmar al revolucionario florentino al frente de los destinos del PFR. No habría ya vuelta atrás.
Retrocedamos de nuevo en el tiempo. Durante el Congreso de Verona, en plenas deliberaciones, una noticia conmocionó la sala. Iginio Ghiselini, fedérale de Ferrara, había sido asesinado en una emboscada cuando se dirigía precisamente a Verona. La noticia corre como la pólvora entre los delegados. Se alzan gritos exigiendo ven­ganza y los más exaltados quieren ir a Fe­rrara en tropel para efectuar una represa­lia feroz. A duras penas Pavolini consigue mantener el orden: ¡Silencio! -exclama- Si hay que hacer algo, seré yo el primero en hacerlo, pero no se grita en presencia de un muerto”. Acto seguido, envía a Ferrara una comisión encabezada por el abogado Vezzalini (uno de los más duros del Parti­do, futuro fiscal en el proceso contra “los traidores del 25 de julio”) y otros escuadristas para depurar responsabilidades y castigar a los culpables.
Pavolini es consciente ya de la imposi­bilidad de hacer frente con argumentos a las bandas homicidas autodenominadas “partisanas”, que asesinan a mansalva y a traición a cuadros y militantes del recién reconstituido fascismo. “Yo no soy ni un sanguinario ni un maníaco; mi formación mental es muy diferente. Pero tengo la sensación concreta de que o se actúa así o no se llega a las consciencias…”, dirá an­te los delegados que claman venganza. Advirtiendo a continuación: “A la violencia de nuestros enemigos, responderemos con nuestra violencia multiplicada”.
El Congreso de Verona constituirá, espiritualmente, un “retorno a los orígenes” del fascismo: a los fascios constituidos co­mo “escuadras de acción”. “Squadristizare il partito”, será el santo y seña de los nuevos dirigentes del PFR. De forma más poética lo expresará Pavolini: “El escuadrismo ha sido la primavera de nuestra vi­da. Quien fue escuadrista una vez lo será siempre…” 
EL PARTIDO ARMADO: LAS BRIGADAS NEGRAS
Alessandro Pavolini pasará a la “histo­ria general de la infamia” del antifascismo por una de sus más preclaras y radicales intuiciones, que no es en realidad más que la consecuencia lógica de una guerra civil querida y ejecutada por el antifascismo militante, por un lado, y, por otro, de la vo­luntad expresa manifestada en Verona de “escuadristizar el partido”: las Brigadas Negras.
Transformar a todo el partido en un único y compacto cuerpo armado es un pensamiento que se apodera de Pavolini desde los inicios de su secretariado.
Existía, sí, ya una Milicia, la Guardia Nacional Republicana (GNR) de Renato Ricci, exdirigente de la Opera Nazionale Balilla, y firme partidario de la politización y fascistización del Ejército; al punto de haber tenido un violento enfrentamiento personal con el mariscal Graziani, ministro de Defensa y defensor a ultranza de la “apoliticidad” de los militares profesiona­les.
Sin embargo, la GNR carecía de hom­bres y recursos adecuados para desem­peñar sus tareas con eficacia.
La idea de armar a los militantes del partido y redimensionar militarmente toda su estructura política aparece nuevamente con fuerza a principios del verano de 1944, cuando los aliados, tras haber to­mado Roma se lancen, sobre la Toscana. Pavolini mandará armar a los militantes florentinos y creará en todo el territorio ocupado núcleos de “resistenza nera”, a fin de hostigar a las fuerzas enemigas.
La defensa de Florencia, por parte de escuadras militarizadas de camisas ne­gras, será una de las más bellas y dramá­ticas páginas de la historia de la RSI.
El 20 de julio de 1944 estalla el fallido complot militar contra Hitler. El 25 de julio (fecha ya de por sí significativa) se hace público el decreto de constitución del Cuerpo Auxiliar de las Camisas Negras, que será más conocido como “Brigadas Negras” en contraposición a las brigadas de partisanos, católicos, liberales, socialis­tas y comunistas que infestan ya el territo­rio de la república de Saló.
Su Comandante general no es otro que el mismo secretario del Partido. Su Estado Mayor, la propia dirección política del PFR. Los comisarios federales serán sus comandantes de brigada negra y co­mandantes de escuadra los comisarios del fascio y de distrito. No existen distintivos de grado. El uniforme es el del Partido, completado con jersey negro de lana y una gorra montañera negra con el símbo­lo de la calavera.
No será ésta, la única creación perso­nal del secretariado del partido durante el año 44. El Ente Fascista de Asistencia (ENF), destinado a socorrer a las familias golpeadas por la tragedia de la guerra, y el Servicio Auxiliar Femenino (SAF) organis­mo que centralizaba el esfuerzo de guerra de las mujeres fascistas republicanas, serán dos directas emanaciones orgáni­cas de la línea revolucionaria del PFR.
El modelo organizativo de las Briga­das Negras está próximo al del Ejército Rojo ideado por Trotsky. “Como Trotsky -afirma Pavolini- debemos transformar el partido en un ejército revolucionario”.
Fiel a su estilo, el nuevo Comandante General de las Brigadas Negras, se pone inmediatamente en marcha. Recorre infa­tigablemente la zona todavía controlada por la RSI junto con su fiel guardaespal­das, De Benedectis, a lomos de su veloz “Alfa Romeo” descapotable, visitando y arengando a todos sus nuevos brigadistas. Su popularidad en la base del partido armado es ya considerable. “Leal, pobre y valeroso”. Hasta el final.
Del arrojo del otrora delicado poeta, da buena cuenta la siguiente anécdota. Du­rante una visita a las escuadras piamontesas de las Brigadas Negras en agosto del 44, Pavolini y otros mandos políticos y mi­litares son sorprendidos por el ataque de efectivos armados de una banda partisana. Se produce un encarnizado tiroteo y Pavolini -metralleta en mano- se lanza contra los bandidos, que a su vez embos­can a los fascistas. Se producen bajas, en­tre ellas, las del propio Pavolini herido por la metralla de una granada lanzada por los partisanos. Estos, no reconocen entre los heridos al Comandante de las Brigadas Negras. La ausencia obligatoria de distinti­vos en el uniforme de los brigadistas ne­gros evita su captura. Horas después es rescatado y, tras una corta convalecencia, se incorpora de nuevo a la lucha política.
Viejos y nuevos escuadristas recono­cen ya en él al jefe carismático y valeroso que necesitan.
Sobre las Brigadas Negras se ha extendido el mismo manto de silencio que el que ha cubierto al propio Pavoli­ni por parte de aquellos que han reivin­dicado genéricamente la herencia del último fascismo social y republicano.
¿Qué fueron las Brigadas Negras? Será el propio Pavolini, en diciembre de 1944, el que lo explique:
“Las BRIGADAS NEGRAS son un ejér­cito sin galones, estando nosotros, escua­dristas, persuadidos de que un comandante es tal si manda y si se le obedece independientemente del grado que tenga. El único galón es el ejemplo (…) Las BRIGADAS NEGRAS no son el Partido que va hacia el pueblo, es una milicia de Partido que es pueblo, una milicia obrera y revolu­cionaria, de mecánicos, de artesanos, de jornaleros, de pequeños empleados, en lucha a muerte contra las plutocracias aliadas de los bolcheviques y contra los plutócratas que subvencionan a los ban­didos (…) Las BRIGADAS NEGRAS son una familia, esta familia tiene un antepasa­do: el Escuadrismo, un blasón: el sacrificio de la sangre, una progenitora: la Idea fas­cista, una guía, ejemplo, una devoción ab­soluta y un afecto supremo: MUSSOLINI”.
Las Brigadas Negras tomarán, además, cada una el nombre de un caído del fascismo republicano. Así, la “Aldo Re­sega” de Milán, la “Muti” de Ravenna, la “Ghiselini” de Ferrara, etc.
¿FASCISMO SOCIAL O SOCIALISMO FASCISTA?
Los enemigos de las Brigadas Negras -amén de los bandidos partisanos y de los angloamericanos- serán los mismos que los del partido y los de su secretario.
Citemos sólo un ejemplo revelador: “(…) Adriano Bolzoni, en una obra auto­biográfica, ha querido recordar que, junto a sus camaradas de la “Barbarigo”, canta­ba una cancíoncilla cuyo estribillo repetía: «Disparad por Dios contra los bárba­ros, disparad contra las Brigadas Ne­gras».” (Vinciguerra).
Si esto lo cantaban los efectivos de una unidad de combate de la Décima MAS, la fuerza más compacta y disciplina­da del Ejército nacional republicano, co­mandada por el célebre Junio Valerio Borghese, imaginemos las condiciones en que las Brigadas Negras debían desem­peñar su misión junto a unas unidades mi­litares que hacía profesión de odio al fas­cismo y a los fascistas.
Emboscados en un falso patriotismo de marca burguesa, los representantes de la casta militar y sus cómplices del apara­to administrativo y estatal nunca tuvieron la más mínima intención de llegar hasta el final en la lucha contra las plutocracias burguesas y capitalistas occidentales, tal como exigía la propaganda de la RSI.
El patriotismo de la Brigadas Negras no es ya aquel del “ventennio”: nacionalis­ta-burgués, micro-imperialista, casi de opereta: “La palabra Patria -afirma Pavoli­ni en un discurso- es una gran palabra co­mo la palabra madre, pero todos pueden invocarla y no es bastante declararse a fa­vor de Italia cuando existe también una Ita­lia de Badoglio y de Palmiro Togliatti. Nuestras divisiones que vuelven de Ale­mania (…) llevan sobre las bayonetas una idea política”. Esa idea política, ese nuevo patriotismo, es el Fascismo, por el que lu­cha y muere la “Saló Negra”.
Así, no será extraño que sean aque­llos elementos nacional-burgueses los que boicoteen, discreta pero eficazmente, uno de los últimos proyectos del Duce y de su secretario: el llamado Reducto Alpino Re­publicano (RAR).
Básicamente, se trataba, ante la evi­dencia de una guerra irremediablemente perdida, de enrocarse en la Valtellina, una región alpina italiana con fama de inexpugnable. Allí, los últimos fieles de la RSI y del Duce, junto con las tropas alemanas destacadas en el norte de Italia, resistirían el asalto final de las hordas estadouniden­ses y de las bandas mercenarias partisanas, ultimando con su sacrificio, la suerte del fascismo. “En la Valtellina se consu­marán las Termópilas del fascismo”, reco­nocerá Pavolini.
Pero a espaldas de Pavolini y del Du­ce, lo único que se consumaba era la trai­ción. Los alemanes ya habían iniciado en Suiza conversaciones secretas con los aliados a través del general SS Wolff para preparar la rendición de sus tropas en Ita­lia. Graziani se negaba a dirigir sus tropas hacia el RAR, buscando rendir sus tropas a los americanos: “Entre militares nos en­tendemos siempre”’, repite. Es la hora del “sálvase quién pueda”. De hecho, algunos militares han empezado a añadir las divi­sas militares del Regio Ejército sobre las propias del ENR… El “cambio de chaque­ta” es literal.
El 25 de abril de 1945 Pavolini se en­frenta al comandante de la Décima MAS, Borghese: “¿Qué vais ha hacer ahora? -pregunta-. “Nos rendiremos”, responde el futuro “príncipe negro”. Y a punto están de llegar a las manos.
Soldani reconoce que: “…No es nues­tra intención detenernos en los últimos días de vida de la RSI y de sus máximos jerarcas, pero un dato vale por todos: casi todos los generales, incluido naturalmente Graziani -Ministro de Defensa de la RSI, miembro del directorio del Partido, coman­dante del Cuerpo de ejercito Liguria, así como el mayor defensor de la conscripción obligatoria-, sobrevivieron a las depura­ciones de la postguerra. Además, este últi­mo deberá su salvación a los servicios se­cretos estadounidenses con las cuales es­taba en contacto desde el 26 de abril...”.
Paralelamente, los partisanos -espe­cialmente los comunistas- iban eliminando físicamente a aquellos fascistas más fuer­temente comprometidos con la línea so­cialista e intransigente de la RSI en una suerte de “anti-selección” contrarevolucionaria que se revelaría funesta para los in­tereses de las clases más desfavorecidas de la sociedad. Son las matanzas finales conocidas como “primavera de sangre”.
Baste, como ejemplo, el de Guisseppe Solara, el jovencísimo comisario federal de Turín, estrecho colaborador de Pavolini, que aplicará los decretos socializadores en la FIAT del todopoderoso Agnelli. En abril de 1945, será ahorcado por los partisanos “en presencia de sus familiares; (y) su cadáver arrastrado por las calles de la ciudad” (Romualdi).
A pesar del caos en que estaba insta­lado dentro de la RSI, producto de la inmi­nencia de la derrota final, el secretario del PFR tiene tiempo de convocar el segundo y último Directorio Nacional del Partido el 30 de marzo de 1945.
Tiene este cónclave un marcado carácter recapitulador de la naturaleza histórica del fascismo y su papel específi­co dentro de las ideologías del siglo XX. “Según Pavolini y el grupo próximo a él, el Fascismo había asumido un preciso valor revolucionarlo y por ello podía definirse co­mo un movimiento tendencialmente so­ciclista”. Sin embargo, tal definición ide­ológica encuentra el rechazo incluso de al­gunos colaboradores de su línea incapa­ces ya de seguir en sus argumentaciones al más intransigente de todos los fascistas. No en vano, en la RSI, se asiste a la recu­peración integral por parte de la secretaría del PFR y sus órganos de propaganda del pensamiento político del Risorgimento italiano y de sus figuras más importantes, los Mazzini, los Pisacane, los Garibaldi, así como de la primitiva tradición sindicalista soreliana y republicana de los fascios, que la política “concordatoria” y conservadora del ventennio había marginado [5].
“Bajo este aspecto, el fascista Pavolini superaba indiscutiblemente el pasado ré­gimen, logrando dar rango de ley a las de­claraciones de principio: una predisposi­ción revolucionaria que, aun debiéndose enfrentar con la línea reaccionaria de al­gunos ministros, no será nunca en absolu­to abandonada”.
De hecho, el Comandante de las Bri­gadas Negras no dudará en ponerse de parte de aquellos que, como el viejo sindi­calista Grossi, atacaban a los ministros “técnicos” de la RSI, Tarchi de Economía, Moroni de Agricultura o Pellegrini de Fi­nanzas, por sus descaradas tácticas burocrático-dilatorias. El propio Grossi re­cuerda las palabras encomiásticas de Pa­volini: “Grossi está entre aquellos que me­jor han comprendido la finalidad política y social de la socialización”. Pero también la soledad y la incomprensión del ministro-secretario. “Aquellas palabras de Pavolini fueron vigorosas y amargas al mismo tiempo; dejaban entrever el comporta­miento ambiguo de parte de las jerarquías político-administrativas de la RSI”.
La “socialización”, por tanto, no era más que un medio útil, una aplicación so­cial de un proyecto revolucionario más vasto que, en la concepción del mundo, del partido y de la sociedad, asumida por Alessandro Pavolini, debería llevar a la creación de un verdadero Estado republi­cano de los trabajadores, de una autén­tica comunidad nacional-popular, parte constitutiva de la futura Unión de Repú­blicas Socialista Europeas, ambicioso esquema continental en el que durante el último período de la guerra trabajan las éli­tes del Nuevo Orden europeo.
Los últimos días de Mussolini y su ré­gimen son bastante conocidos. Libros, re­vistas, series televisivas o películas cine­matográficas, han evocado a su manera el arresto, ejecución y el postrer y vergonzo­so ultraje a su cadáver.
La suerte de su secretario correrá pa­ralela a la del Duce, constituyendo el testi­monio final de un coraje y de una lealtad que no se detuvo ni ante la muerte. “Lo im­portante es morir bien. Morir bien y con honor. Morir por el Duce”, había asegura­do Pavolini a sus camisas negras en Co­mo un día antes de que la columna italo-alemana en la que iba el Duce, Clara Petacci y algunos de sus ministros y jerarcas fuera interceptada por efectivos de la 52° Briga­da partisana “Garibaldi”. Los partisanos permiten el paso solamente a los alema­nes. Como es sabido, Mussolini y su amante se integran en la columna germa­na con la intención de traspasar las líneas enemigas. Serán descubiertos y fusilados poco después.
Abandonados a su suerte, Pavolini y los suyos deliberan. El camión autoblindado en el que viajan los dirigentes fascistas comienza a moverse. Los partisanos abren fuego. Estallan las granadas a su paso. El vehículo queda inmovilizado. Dentro del auto yacen varios escuadristas muertos. Algunos quieren entregarse ya. Sin embargo, el secretario del PFR no tie­ne intención alguna de rendirse. “Debe­mos morir como fascistas, no como bella­cos”, grita, mientras salta del camión dis­parando su metralleta contra los bandidos. Le siguen varios de sus correligionarios. Los partisanos responden al fuego. Uno tras otro los fascistas van siendo captura­dos, excepto Pavolini que, sin dejar de disparar, intenta ganar la orilla boscosa del la­go Como.
Herido, exhausto, se arroja a las géli­das aguas del lago, hasta alcanzar unas rocas desde donde sigue agotando su mu­nición. Horas después es finalmente apre­sado, semiconsciente, medio desangrado y con síntomas de congelación.
Trasladado al municipio de Dongo, donde ya han sido agrupados los fascistas capturados anteriormente, escucha impá­vido la sentencia que les condena a él y a sus camaradas a la pena capital, dictada en persona por el tristemente célebre Walter Audisio, alias “coronel Valerio”, que unas horas antes acaba de ejecutar a Mussolini y a Claretta Petacci.
Los ministros Mezzasoma, Casalinuovo, Zerbino, los federali Utimpergher y Por­ta, el secretario del Duce Gatti, el medalla de Oro y subsecretario de Estado Barracu, el profesor Coppola, el consejero y amigo personal del Duce, Bombacci, así hasta quince, son trasladados en fila india hasta el lugar de ejecución.
Dejemos que Petacco narre los últi­mos momentos de Pavolini y los suyos:
“La larga fila de los condenados está aho­ra en silencio ante el pelotón de ejecución. Ninguno da signos de debilidad. Pavolini, entre Zerbino y Casalinuovo, se “yergue orgulloso y rígido”, como comenta un tes­tigo ocular. En un momento dado tiene fuerzas incluso para ordenar “¡firmes!” a sus compañeros. La “bella muerte” está al llegar”. Es el final.
Transportado con los otros cadáveres a Milán, el de Alessandro Pavolini quedará también expuesto junto al de Mussolini y a los de los otros jerarcas, colgados boca abajo de los pies ante las turbas subhumanas que en piazzale Loreto celebran su aquelarre triunfal.
Su cuerpo será enterrado en el ce­menterio de Musocco, Milán, en compañía de varios miles de camaradas fascistas asesinados por el frente rojo y la reacción. Por voluntad expresa de su familia sus restos continúan allí.
NOTAS
1. “Nosotros no amamos a Hitler porque represente en Alemania un elemento de orden; lo amamos por­que representa un elemento de desorden en Europa” (Berto Ricci, “La Rivoluzione Fascista. Antología di scritti politicr, SEB, 1996)
2. Cf. Ismael Saz Campos, “Mussolini contra la II República”, IVEI, 1986.
3. Amistad y agradecimiento que no serán óbices pa­ra que Pavolini asuma la responsabilidad de mandar a su antiguo amigo al paredón, evitando que la peti­ción de gracia cursada por la madre del conde Ciano llegará a manos de Mussolini, lo que hubiera podido ocasionar problemas de conciencia al Duce.
4. Gráficamente, Rimbotti expone el problema: “La RSI tuvo a todos en contra: a los In­dustriales, a la Iglesia, a los trabajadores, a los pro­pios alemanes, sin contar a los ejércitos angloameri­canos, de tierra y de aire”.
5. Apóstol de la “revolución dentro de la revolución”, Pavolini confesará a su amante, Doris Duranti, sus verdaderos objetivos sociales: “el Fascismo en el que creo…no existe todavía, (…) el otro día Mussolini ha dicho una cosa que a muchos no ha gustado, pero a mí sí. Ha dicho que la cartilla de racionamiento no será abolida ni siquiera tras la victoria, así los Agnelli y los Donegani, comerán como sus obreros. Producir con la inteligencia o con las manos es lo mismo, quien no produzca, no tendrá sitio en la Italia que estamos construyendo” cit. Soldani.
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