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domingo, 27 de junio de 2010

Puros y libros...


Se llaman "lectores de tabaquería" y entretienen con las lecturas más diversas a los torcedores de habanos en todas las fábricas de Cuba desde hace casi 150 años. El gobierno cubano ha propuesto a estos singulares lectores para la lista del "patrimonio inmaterial de la humanidad" que la Organización de la ONU para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) votará, junto a otros 110 candidatos, en la reunión que celebrará en Abu Dhabi (Emiratos Árabes Unidos) desde el próximo lunes y hasta el 2 de octubre.

En los monasterios medievales, un fraile leía a sus hermanos desde un púlpito pasajes de la Biblia o lecturas sacras mientras almorzaban en el refectorio; de igual modo, los lectores de tabaquería leen desde un estrado para sus colegas, a veces con intención educativa, aunque también dedican tiempo al horóscopo, la sexología o las recetas de cocina.

Su nacimiento está documentado en diciembre de 1865, cuando un rico ilustrado llamado Nicolás de Azcárate se propone distraer a los trabajadores durante su tediosa tarea de torcer habanos durante horas y horas, y de paso instruirlos en el progreso y las ideas reformistas.En solo seis meses el ejemplo cundió en toda la isla y se crearon más de mil plazas de lectores: los propios trabajadores elegían a quien de entre ellos tuviera mejor dicción, reunían entre todos su salario y así pagaban al lector, según contó Zoe Nocedo, directora del Museo del Tabaco en La Habana Vieja.

Hugo y Zola

La elección de los libros era entonces objeto de negociaciones: había patrones que imponían plúmbeos tomos de la historia de España, pero en fábricas con sindicatos más pujantes entraban obras de Victor Hugo y Emilio Zola y daban alas al naciente anarquismo. En 1886 el Capitán General de la Isla, Francisco Lersundi, acuciado por la burguesía más conservadora, prohíbe esta costumbre con el argumento de que "indisciplina a los trabajadores y les hace desatender su trabajo", pero en 1890 vuelven a establecerse, ya para siempre, recuerda Nocedo. El nacimiento de la radio pudo haber supuesto la muerte del lector, pero estaba tan arraigado ya el hábito que en las fábricas se alternaron, como se hace hoy, momentos de lectura con programas de radio.

Hoy en día, los lectores son funcionarios del Estado con un estatus envidiable: leen una hora y media diaria y pasan el resto del tiempo preparando nuevas lecturas o debatiendo con los demás trabajadores el sentido de lo que han escuchado. Rodeado de los efluvios dulzones de los habanos y subido sobre su estrado con un micrófono que se oye en toda la factoría, Jesús Pereira, de 44 años, entretiene las labores de sus compañeros leyéndoles en tres turnos: los dos primeros obligatoriamente dedicados a la prensa y el tercero empleado para las novelas o los libros de autoayuda.

Sonrisas, carcajadas o protestas

Es jueves y hoy toca leer Cuarenta consejos sobre sexo, lectura propuesta por un grupo de trabajadoras quejosas de ciertos hábitos de alcoba, y que ha tenido que pasar el filtro de un "comité de lectura" y luego votada por los trabajadores. La lectura de los consejos provoca a veces sonrisas, otras carcajadas, otras protestas, y los torcedores pueden manifestar su acuerdo o desacuerdo con golpes de chaveta, el cuchillo curvo con el que cortan el tabaco: un golpe con el canto significa "no me gusta", mientras que un golpe con la hoja plana es señal de aprobación.

Jesús Pereira se precia de haber leído a sus 630 compañeros de la fábrica de los prestigiosos Partagás novelones como El código da Vinci o El Conde de Montecristo, pues asegura que las novelas policiacas o de suspense son las que más éxito cosechan. Hubo una vez en que al término de una novela, se dio cuenta de que faltaban las dos últimas hojas, así que se inventó el final y nadie se dio cuenta: la chaveta sonó bien fuerte aquel día, recuerda ufano.

Jesús es muy popular porque en sus 23 años de oficio añade "efectos especiales", imita tiroteos o portazos, imposta voces de mujer y añade así dramatismo a sus lecturas. Como todos los lectores de tabaquería (que son 213 en toda la isla, en las ciudades y el campo), ha tenido que pasar una prueba de 30 días, y ganarse el favor de su exigente público hasta oír claro y fuerte el golpe de la chaveta.


Javier Otazu


En el XIX la falta de periódicos y los pocos libros disponibles (sin contenido "revolucionario o soliviantador) hizo que las obras que les gustaban a los tabaqueros fuesen leídas una y otras veces, como fue el caso de Alejandro Dumas. De tanto oír el Conde de Montecristo, una de las marcas más reconocidas tomó, precisamente, el nombre de Montecristo.


(el autor del blog)
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