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domingo, 27 de junio de 2010

El conde de Montecristo: una de mis obras preferidas...

Y reitero que es el Conde de Montecristo, porque de la continuación, eso a lo que ahora llamamos secuela, "la mano del muerto" no la he querido ni abrir no fuera a ser que tuviera la tentación de leerlo... Y es que Dumas en un momento histórico en el que su obra, un auténtico elogio a la venganza, podría haber levantado viejos odios y rencores, y se vio "obligado" a escribir la susodicha "segunda parte" para reconciliar a Edmundo Dantés con su "pecado justiciero"...
El Conde de Montecristo… ¿existió?

¿Qué es la historia?
Pues un clavo en el que cuelgo mis cuadros.
A. Dumas



Leí El Conde de Montecristo cuando era adolescente. Bueno, como casi todo el mundo lector. Desde ese día, esta novela de Alejandro Dumas estuvo en el podio de mis libros favoritos, cosa que la televisión y el cine se encargaron de consolidar.

Me atrapó con su telaraña de personajes y conflictos, con el misterio del castillo de If, con la soñada isla de Montecristo y aunque muy dentro de mí sabía que la venganza no es la mejor de las opciones, terminé seducida a los pies de Edmundo Dantés.

Ni sospechaba que todo aquel maravilloso mundo narrativo había tenido su génesis en hechos reales.

En 1807 vivía en París un joven zapatero llamado Francisco Picaud. Este pobre diablo, bien parecido e industrioso, estaba a punto de casarse… Así comienza la historia real, una crónica policial, escrita por un tal Jaobo Peuchet en sus Memorias sacadas de los archivos de la policía de París. Dumas extrajo de ahí un capítulo llamado El Brillante de la venganza… y lo que hizo con él, quedó en la historia de la literatura universal.

Francisco Picaud fue víctima de una broma de sus amigos durante unos carnavales, lo que le impidió la boda y lo hizo ir a la cárcel, donde estuvo durante siete años. Allí un prelado italiano, moribundo legó sus bienes y en particular un tesoro escondido en Milán, que Picaud logra encontrar a su salida. Un tal Antonio Allud, de Nines, le cuenta toda la broma de antaño a cambio de un brillante y empieza la venganza. Transformándose físicamente el antiguo zapatero mata a sus ex amigos. Solo al final, el mismo Allud, arrepentido lo asesina y huye a Inglaterra. En 1828, gravemente enfermo, llama a un cura y detalla lo sucedido, permitiéndole comunicar estos hechos a la justicia, después de su muerte. Y ahí la encontró Dumas.

“Tal como estaba, El Brillante de la venganza era pura tontería. Sin embargo, no era menos cierto que en el interior de la ostra había una perla. Perla informe, perla en bruto, perla sin ningún valor y que esperaba por su lapidario.”
A.Dumas.

Son muchos los puntos de contacto entre la historia real y la extensa novela del francés, pero de aquellas, nadie tuvo el más mínimo recuerdo de su existencia.

Pero cuando Alejandro Dumas puso su mano sobre la perla, le incorporó su imaginación fantástica y empezó a crear magistralmente las miles de situaciones e intrigas que se entretejen en la novela y la convierten en una obra inmortal.

En el prólogo de la edición cubana no se habla nada de esto, por eso creo que muchos por acá pensarán que todo salió de la poderosa imaginación del autor. De todas formas, nada le quita el mérito a este maestro de la aventura y el suspense, solo él hizo que llegara a la posteridad.

Fernando Mondego, Mercedes de Morcef, Villefort, el abate Faría, Danglars, Edmundo Dantés… todos existieron en la vida real con otros nombres, pero nunca fueron tan maravillosos como cuando Alejandro Dumas los convirtió en letra impresa y elevó sus vidas alrededor de la fantástica novela El Conde de Montecristo.
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