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martes, 3 de junio de 2008

DON PEDRO: UNA DEUDA DE HONOR

Don Pedro era un mallorquín de orden y amante del mar.
Cuando la guerra civil y a pesar de su juventud se presentó voluntario como Flecha Naval y prestó servicios varios de vigilancia de las costas. Su ideario era joseantoniano y tan azul como la camisa que portaba. Cuando acabó la guerra continuó el servicio militar en las oficinas de la Comandancia de Marina. Corría el año 40 y su oficial un día le ordenó copiar mecanográficamente y después tramitar unas cartas... Éstas resultaron ser ni más ni menos que las que habían escrito algunos presos durante la guerra ante de ser fusilados. Se remitían años después de escritas a las familias en un acto quizás humano y obligado pero no por ello menos doloroso. Tener noticias póstumas de un ser querido siempre lo es.

Entre las que tuvoque copiar mecanográficamente y archivarlas antes de remitirla le tocó esta que sigue:



Noche del 3 al 4 de ---- 1938 , 3 de la madrugada

Madre, esposa, hija, En los momentos solemnes de mi muerte, unos momentos antes de colocarme delante del piquete que dará fin a mi vida, con serenidad, conscientemente, sin que tiemble mi pulso, con el cuerpo quebrantado por el hambre, por las penas, por el vivir de una vida que muere, escribo esta mi última carta, mis últimas palabras para vosotras.

Soy fuerte espiritualmente. No temo a la muerte. De cara a los fusiles pronunciaré vuestros nombres sagrados, santos para mí, y dejaré este mundo con una sola pena: la de dejaros a vosotras. No me lloréis pensad solo que morí como saben morir los hombres. Con la conciencia del deber cumplido.

Madre: Los sacrificios santos que por mi hiciste, están presentes en estos momentos en tu hijo. Estoy contento de ti, Siento que no pueda pagártelos como mereces pues fuiste la más santa de las Madres, la más honrada, la más buena. Piensa que tu hijo en estos momentos siente veneración por ti y que pronuncia con respeto y con cariño tu nombre. No me llores: Deposita el amor que por mi tuviste en mi hija carne de mi carne, sangre de mi sangre y revive en ella mi recuerdo.

Esposa: Te quise, te quiero y siento dejarte. Si algún día encontrases a alguien que te quisiera como yo, no temas, que casándote no me haces traición. Te doy la libertad que algún día pudiera precisarse. Pero, cuida de nuestra hija que aprenda a querer a su padre que murió honrado en cumplimiento de un deber sagrado para el, murió por España, por la República y puso su granito de arena al monumento de la libertad de los hombres honrados. Trabajó siempre con entusiasmo en sus escuelas, honradamente, con la fé puesta en un mañana mejor y murió con la conciencia tranquila, pues ningún acto de acceso en sus últimos momentos.

Enséñale esto: que sepa cómo y porqué murió su padre, pero no la enseñes a odiar nunca. La única doctrina que debe saber es de un amplio amor a la humanidad, a los que sufren, a los pobres, a los desheredados. Yo no sentí odio nunca y en estos momentos tampoco lo siento. Mi único legado para ella debe ser este mi corazón fue todo amor. Mi ilusión fue ella. Bien lo sabes y al morir, junto con el tuyo pronunciaré su nombre. Que aprenda a ser libre y fuerte como lo es en estos momentos su padre en que va a morir. Que mire siempre adelante y si alguna vez siente fatiga en su camino, que piense en mi y se hará fuerte. Que para la realización de cualquier acto se pregunte si tendría mi beneplácito y si su conciencia le ice que yo lo aprobaría, que lo realice por encima de todo, exponiendo incluso su vida si fuera necesario. Que sea siempre digna que la dignidad es lo único que tiene valor en esta vida.

A mis hermanas, a mis sobrinos, a mis tíos, a todos unas palabras, todos para mi hija en recuerdo del que tanto os quiso. En sus horas felices, en sus horas de penas, todos al lado de ella, pensando que ella no es otra cosa que el yo que queda en este mundo. Si vale y podéis hacedla maestra. Se entiende si ella quiere, pues nuestra profesión es un sacerdocio que necesita vocación. Es sacerdocio porque es sacrificio. Lucha contra la ignorancia que esclaviza a los hombres y a los pueblos. La esclavitud solo se redime con la cultura y para sembrar no solo basta esparcir la semilla, es necesario poner amor, abnegación a la siembra para que sea fructífera la cosecha.


A mis alumnos que fui todo de ellos. Que di todo lo que pude y que por ellos entrego hoy mi vida. Que no olviden y que vean siempre en mí al Maestro, al hombre que supo y fue siempre antes Maestro que hombre y que luchó por amor a su escuela. A mis amigos un abrazo. Que sigan mi ejemplo: que sepan morir que es más difícil saber morir que seguir viviendo dejándose arrastrar por lo que llaman vida. A los maestros todos, los que saben serlo aquellos a quienes el nombre responde a los hechos, a los que viven con los niños y por los niños debo recordarles aquellas palabras de Arquímedes cuando pedía un punto de apoyo para levantar el mundo. Ellos tienen el punto de apoyo: se llama: niño. Que los moldeen y será el hombre del mañana que recordará en todos los momentos a su Maestro como yo recuerdo a los míos en especial a la que fue para mi Maestra y Madre. Escribiría mucho pero quiero sintetizarlo todo en palabras que dentro de unos momentos pronunciaré delante del piquete en los estertores de la muerte: Madre, Esposa, Hija, hermanas y familiares. República de hombres honrados, Cataluña. Honor a estas palabras que sintetizan mis anhelos

Rubricado: Jaime Farré Vidal

Don Pedro se guardó una copia, que siempre llevaba consigo, doblada en la cartera.

Pasaron los años, Don Pedro creó una familia, y vivió como muchos otros españoles el franquismo trabajando y sin complicaciones, aprovechando la bonanza económica del desarrollismo. Era un hombre del régimen de camisa azul ya desteñida pero aún azul.

Muerto Franco y llegadas las primeras elecciones democráticas, Don Pedro fue a votar.

Al volver a casa del colegio electoral su mujer en tono sarcástico le preguntó ¿que ya has votado a los tuyos? Y el respondió causando con su respuesta la sorpresa y estupefacción de su mujer: “no, he votado al partido comunista”. ¡¡¡ Cómo !! Exclamó su señora, y Don Pedro mientras sostenía una carta amarillenta y doblada sacada de su cartera, le respondía “se lo debía a alguien”.
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